La noche rodeaba la pequeña habitación con un aire pesado, casi asfixiante. Paredes llenas de garabatos, bocetos incompletos y manchas de pintura. El suelo, un caos de botellas vacías y colillas aplastadas. Él, en el centro de ese universo desordenado, con el pincel sobre las piernas, miraba fijamente un lienzo en blanco.
Había creado cientos de cuadros. Algunos llegaron a ser admirados, otros se perdieron entre la neblina del tiempo, ahogados por el ruido de su propia mente. Pero hoy no había color, no había formas. Solo el zumbido interminable en su cabeza, como si la musa, esa voz que antes lo inspiraba, hubiese decidido abandonarlo.
Encendió un cigarrillo con dedos temblorosos y lo dejó arder entre sus labios. Recordó la primera vez que sintió la llamada de la creación. Era joven, ingenuo, y creía que el arte lo era todo. La música, la pintura, los colores, cada expresión era una extensión de su alma. Pero los años lo habían endurecido, lo habían convertido en un esclavo de algo más oscuro. El arte, su amante eterna, se había transformado en su verdugo.
Los amigos le decían que debía parar. Que el camino que había elegido era una espiral descendente, un pozo sin fondo. Pero él no podía. Cada caída en el abismo, cada noche de locura, le parecía una promesa de una gran obra maestra, la creación definitiva. Creía que solo a través del sufrimiento alcanzaría la verdad, y así fue quemando todo a su alrededor: relaciones, salud, cordura. Todo sacrificial en el altar del arte.
Con un suspiro ahogado, apartó la paleta y tomó una botella medio vacía de whisky. Bebió sin pensar, esperando que el licor disipara las sombras en su mente. Pero lo único que sentía era vacío. Un vacío profundo, inmenso, que ni el éxito ni la miseria podían llenar.
El éxito. Lo había saboreado, brevemente. Sus cuadros habían llegado a galerías importantes, habían sido celebrados por críticos, pero la fama fue momentánea. Y cuando desapareció, quedó solo el vacío. Un vacío que trató de llenar con drogas, con excesos, con cualquier cosa que lo ayudara a escapar de sí mismo.
La botella resbaló de su mano y cayó al suelo, derramando el licor. Se quedó allí, sentado en la sombra, contemplando cómo el líquido formaba un charco alrededor de sus pies. Todo se estaba derramando, todo se estaba escapando.
Le quedaba una último cuadro, lo sabía. Una última obra antes de que el cuerpo y la mente lo abandonaran por completo. Se acercó al lienzo en blanco que había estado ignorando durante semanas. Tomó el pincel, empapado en colores oscuros, y comenzó a trazar líneas furiosas, caóticas, como si su vida dependiera de ello.
Con cada trazo, sentía que se acercaba al final. El arte le había prometido la inmortalidad, pero ahora veía que la inmortalidad tenía un precio: la destrucción total del ser. Y aun así, no podía detenerse. Era un artista torturado, y esa tortura era lo único que le quedaba.
Horas después, el lienzo estaba completo. Una imagen de angustia, de desesperación, pero también de belleza desgarradora. Cayó al suelo, agotado, observando su obra final. La musa había vuelto por última vez, solo para llevárselo.
El cigarrillo, olvidado entre sus dedos, se consumía lentamente. Como él.
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