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Calentamiento Galáctico

Writer's picture: Leo EliseoLeo Eliseo

La galaxia nunca había cambiado tanto en tan poco tiempo. Estrellas ardían con furia inusitada, mundos que antes eran glaciares ahora se deshacían en mares violentos, y civilizaciones enteras huían de sus propios planetas en naves improvisadas, buscando refugio en rincones cada vez más reducidos del universo. El calor no tenía origen aparente, pero su expansión era implacable. No era el fin de la galaxia, aún no, pero era un aviso.


Al principio, el Consejo Galáctico trató de manejar la crisis con la dignidad característica de los burócratas cósmicos: negación, debates interminables y la creación de comités inservibles. Los Klorynx, una raza de silicio con miles de ciclos de existencia, culparon a los humanos, argumentando que una especie que había devastado su propio planeta no debía ser tomada en serio en un evento de esta magnitud. Los Trillions, entes gaseosos que flotaban en la atmósfera de estrellas enanas, insinuaron que los imperios mineros habían jugado con la energía estelar más de la cuenta. Y los Vryxx, los tecnócratas sin boca, hicieron lo que mejor sabían hacer: vender soluciones defectuosas a precios exorbitantes.


Entre el caos, la humanidad fue arrastrada al ojo del huracán. La doctora Celeste Marlowe, una astrofísica terrestre que prefería la lógica sobre la diplomacia, fue nombrada representante de su mundo. "Somos culpables de muchas cosas, pero no de esto", dijo en su primer discurso ante el Consejo. Y tenía razón. Lo que estaba ocurriendo era algo mucho más grande que la humanidad. Algo que venía desde el corazón mismo de la galaxia.


Con la ayuda de Tka’Li, un anfibio inteligente de un mundo oceánico que se evaporaba lentamente bajo el calor implacable, Celeste rastreó la fuente del desastre hasta una estructura colosal en los límites de la Vía Láctea. Una megaconstrucción ancestral, demasiado avanzada para cualquier especie conocida. Allí encontraron la verdad: el calentamiento no era un accidente, sino una prueba. Un experimento iniciado hace eones por seres antiguos que observaban el desarrollo de la galaxia como si fuera un tablero de juego.


El Consejo Galáctico entró en pánico. Algunos querían rendirse ante estos dioses ausentes, otros buscaban la manera de desatar una guerra suicida contra ellos. Mientras tanto, la temperatura seguía aumentando, y la galaxia estaba a punto de cruzar un umbral sin retorno.


Fue entonces cuando Celeste y Tka’Li hicieron lo impensable: reunieron a representantes de cada civilización en un último intento por salvarlos a todos. Usando la megaconstrucción como transmisor, enviaron un mensaje directo a los arquitectos de la galaxia. "Si este es un experimento, déjennos demostrar que merecemos vivir". La respuesta fue escalofriante: la galaxia tenía 48 horas para llegar a un consenso. Si fallaban, el calentamiento se volvería irreversible y toda forma de vida sería extinguida en una purga cósmica.


Pero, ¿cómo lograr un consenso entre miles de especies? Las élites querían evacuar y dejar morir a los débiles. Los espiritualistas aceptaban la catástrofe como un juicio divino. Los guerreros pedían sangre. Las corporaciones vendían boletos falsos hacia otra galaxia. Y los humanos... discutían en redes sociales.


Celeste, agotada, recurrió a lo único que le quedaba: la verdad. Transmitió en vivo un discurso brutal y sin filtros. "Si ni siquiera en el borde de la extinción podemos ponernos de acuerdo, tal vez sí merecemos desaparecer". Su honestidad hizo eco. Uno a uno, los líderes fueron dejando atrás sus excusas y enfrentaron la cruda realidad: debían trabajar juntos o morir separados.

En las últimas horas, lograron una solución desesperada: redirigir la energía del pulsar descontrolado hacia la megaconstrucción y forzar una respuesta final de los arquitectos. Lo hicieron. Y esperaron.


El calor comenzó a disiparse.


El experimento había terminado.


Pero no porque los arquitectos lo detuvieran. Sino porque la galaxia, por primera vez en su historia, había aprendido a salvarse a sí misma.


Nadie supo qué pasó con los arquitectos. La megaconstrucción se apagó. Tal vez aprobaron la prueba. Tal vez simplemente perdieron interés. Pero la lección quedó grabada en cada rincón de la galaxia: estuvieron al borde de la extinción, no por el calor, sino por su propia estupidez colectiva.

Celeste y Tka’Li regresaron a sus mundos. La humanidad volvió a su Tierra en ruinas. Los alienígenas se dispersaron para reconstruir sus civilizaciones. Y en algún rincón olvidado de la galaxia, donde nadie miraba... otra megaconstrucción despertó.

Fin.

 
 
 

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