El ser humano parece condenado a escoger bandos. Todo se reduce a un "nosotros" contra "ellos." La política bipartidista lo ejemplifica: no importa el problema, siempre hay dos respuestas, y ambas pretenden ser absolutas. La complejidad se descompone en trincheras. Pero el fenómeno trasciende lo político.
Cada generación se define en oposición a la anterior. Cada gusto musical necesita un rival. ¿Por qué despreciar al reguetón en nombre del jazz? ¿Por qué burlarse de los boomers o condenar a la Generación Z? La necesidad de elegir es cómoda. Nos permite pertenecer. Pero al pertenecer, excluimos.
El mundo no es binario, aunque nos guste imaginarlo así. En lugar de bandos, existen matices; en lugar de trincheras, hay puentes. Tal vez el acto más revolucionario sea dejar de elegir. Porque en ese rechazo al dualismo descubrimos que no hay lados, solo un todo en constante cambio.
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