"Si puedes reírte de ti mismo cada vez que caes, la gente pensará que estás borracho."
Tropezar es un arte que pocos dominan, porque requiere algo más que equilibrio: demanda humildad. Hay quienes se tropiezan y se levantan de inmediato, con el ego intacto, como si nada hubiera pasado. Otros, en cambio, nos quedamos un momento en el suelo, contemplando el pavimento, preguntándonos si ese tropiezo tenía algún sentido oculto.
Reírse de uno mismo no es un acto de autocomplacencia, sino de liberación. Es aceptar que la caída no es una derrota, sino una pausa necesaria en este camino torpe que llamamos vida. El suelo no discrimina, pero la risa, ah, la risa nos da alas.
Tropezar con gracia es transformar lo absurdo en arte. Es hacer que cada golpe, cada momento incómodo, sea una pincelada más en el lienzo de nuestra existencia. Porque la vida, al final, no es un cuadro perfecto: es un collage de tropiezos, errores y pequeñas victorias que sólo cobran sentido cuando sabemos reírnos de ellos.
Así que sigue tropezando, sigue riendo, porque mientras tú lo hagas, el mundo no sabrá si estás cayendo... o volando.
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