El sol se posaba en el horizonte mientras el viejo jardinero se arrodillaba sobre la tierra, sus manos arrugadas acariciaban el suelo con la familiaridad de una vida dedicada al cuidado de su jardín. A lo largo de los años, había visto flores brotar y morir, árboles crecer y caer, pero ahora, en su vejez, sabía que sus días en ese lugar estaban contados.
Tomó un pequeño saco de semillas que había guardado para esta ocasión. Las semillas eran insignificantes, apenas visibles en la palma de su mano, pero él conocía su potencial. Cavó pequeños agujeros en la tierra y, una a una, depositó las semillas con cuidado, cubriéndolas luego con una capa de tierra suave.
A su alrededor, el jardín estaba en su plenitud, flores de colores vibrantes y árboles altos que ofrecían sombra. Todo lo que lo rodeaba era fruto de su dedicación, de años de trabajo y paciencia. Pero estas nuevas semillas, las que ahora plantaba, no florecerían mientras él viviera. Lo sabía bien.
Algunos lo habían llamado iluso. ¿Por qué plantar algo que nunca verás florecer? ¿Qué sentido tiene el trabajo si no puedes cosechar los frutos? Pero el viejo jardinero, en silencio, entendía algo que pocos comprendían. La belleza de su jardín no residía en las flores que veía, sino en el ciclo interminable de vida que seguía adelante, más allá de él.
Mientras el sol se escondía tras el horizonte, el jardinero se incorporó lentamente, su cuerpo cansado pero su corazón en paz. Sabía que, un día, otros vendrían y disfrutarían de la sombra de los árboles que ahora solo eran semillas. Tal vez ni siquiera sabrían su nombre, tal vez nunca se preguntarían quién plantó ese jardín. Pero eso no importaba.
El verdadero legado no estaba en ser recordado, sino en dejar algo que continúe creciendo, incluso cuando ya no estemos para verlo.
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