El jíbaro, con su machete en mano y sombrero de yagua, no sabía de filosofía griega, pero vivía el estoicismo con cada surco que trazaba en la tierra. Cuando el sol abrasaba y la lluvia se resistía a caer, no maldecía su suerte; aceptaba la naturaleza tal como era, con la certeza de que la queja no haría crecer el maíz.
Decía con serenidad: "Lo que no se da en la entrada, se da en la salida," porque entendía que la vida tiene su balance, aunque no siempre sea inmediato. Era sabio en su austeridad, contentándose con lo esencial: un plato de arroz, café recién colado, y la compañía del monte. Sabía que las cosas simples eran las que sostenían su espíritu.
El jíbaro también era un maestro del control emocional. Ante la adversidad, repetía: "No hay mal que por bien no venga." No como una resignación pasiva, sino como un recordatorio de que hasta el huracán puede limpiar lo viejo para dar paso a lo nuevo. Su fe no era ciega, era práctica: confiaba en el trabajo constante, en que la tierra devuelve lo que recibe, y en que la paciencia es el mejor arado.
Como los estoicos, el jíbaro aceptaba su lugar en el mundo, pequeño pero significativo, viviendo en armonía con el ciclo eterno de la vida y la muerte. Era consciente de la fugacidad de todo, pero eso no le entristecía; lo motivaba a trabajar con más amor y a reír cuando el gallo cantaba al amanecer.
Sin leer a Séneca o a Epicteto, el jíbaro entendió que la verdadera riqueza no está en poseer, sino en aprender a vivir con lo que se tiene, con lo que la vida da y lo que quita. Porque, al final, él sabía que era parte de la tierra, y que, como ella, siempre volvería a renacer.
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