Nació huérfano antes de perder a nadie. No había manos que lo sostuvieran, ni voz que le llamara por su nombre. Aún con un hogar, siempre tuvo frío, y entre muchedumbres sentía el eco de un silencio que nunca pudo llenar.
El proto-huérfano no sufría de ausencia; sufría de la idea de pertenecer. Imaginaba un puente infinito hacia un lugar que no existía, una isla que llamaba familia, y el naufragio constante de su búsqueda.
Un día, mientras miraba su reflejo en un charco, entendió: no buscaba padres ni raíces. Buscaba la brújula que nunca le dieron. En ese instante, sin un mapa, decidió convertirse en su propio origen.
Desde entonces, camina solo, pero nunca más perdido.
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