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Enemigo del estado

Writer's picture: Leo EliseoLeo Eliseo

En un rincón olvidado del imperio, en una tierra que no conocía más que la sombra del poder central, nació un joven que nunca encajó del todo. Su voz era distinta, y no porque hablara más fuerte, sino porque hablaba con un propósito que otros no podían ignorar. Era un pensador independiente, un observador inquieto del mundo que lo rodeaba, dispuesto a desafiar las narrativas que lo rodeaban, incluso a riesgo de convertirse en enemigo del estado.


Su mente, como la de Julio César al cruzar el Rubicón, sabía que no había vuelta atrás. César no desobedeció al Senado por simple ambición; lo hizo porque comprendía que Roma, en su corrupción y mediocridad, no estaba preparada para sostener un imperio. El joven, del mismo modo, desafiaba las estructuras que limitaban su pensamiento: las instituciones que dictaban qué debía aprender, los sistemas que lo categorizaban, y las voces que intentaban callarlo.


Se entregó a los libros como César se entregó a las campañas militares, acumulando no tierras, sino ideas. Mientras otros aceptaban el conocimiento como un producto empaquetado, él lo desmenuzaba, lo cuestionaba y lo reformulaba. Su obsesión no era dominar, sino entender. De cada texto extraía lo esencial, como César trazaba mapas de las tierras que conquistaba.


Con el tiempo, sus ideas comenzaron a molestar. En un mundo que valoraba la conformidad, su capacidad para ver patrones donde otros veían caos era percibida como una amenaza. Los que ocupaban el poder, como el Senado de Roma, no toleraban a los individuos que pensaban por sí mismos. Ser un pensador independiente era cruzar un Rubicón invisible, un acto de guerra contra el status quo.


Un día, decidió que ya no podía permanecer en las sombras. Sus ideas debían salir a la luz, aunque sabía que esto lo convertiría en un enemigo del estado. No del gobierno en sí, sino del sistema más vasto: la educación vacía, las estructuras sociales rígidas, y las tradiciones sin sustancia que gobernaban las mentes de las masas. Sabía que enfrentaría críticas, rechazo, y aislamiento, pero también sabía que era un precio pequeño por mantener su integridad.


En su primer manifiesto público, lanzó una pregunta que resonó como un eco: “¿Qué hemos sacrificado en nombre de la comodidad intelectual?” Y con esa pregunta, como César al declararse dictador, reclamó para sí un poder que nadie más estaba dispuesto a ejercer: el poder de cuestionar lo incuestionable.


Pero su lucha no era por el poder personal. Como César soñaba con una Roma fuerte, él soñaba con una humanidad que abrazara la duda y la curiosidad como virtudes esenciales. Su cruzada no se libraba con espadas, sino con palabras, ideas que cortaban más profundo que cualquier filo de acero.


En las noches silenciosas, mientras miraba las estrellas y reflexionaba sobre su lugar en el universo, se preguntaba si estaba destinado al triunfo o a la caída. César había caído bajo los dagas de su propio Senado, y el joven sabía que el destino podría depararle un juicio similar. Pero también sabía que, como Julio César, el impacto de sus acciones no dependería de su longevidad, sino de la fuerza de las ideas que dejara tras de sí.


Al final, el joven comprendió que ser un enemigo del estado no era un acto de traición, sino de lealtad a algo más grande: a la verdad, al potencial humano, y a la esperanza de un futuro más libre. Como César, cruzó su Rubicón y cambió para siempre el curso de su mundo.

 
 
 

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