En la política contemporánea, la ambigüedad se ha convertido en una herramienta común y peligrosa. En un mundo donde los medios de comunicación demandan posicionamientos inmediatos y las redes sociales retumban cada palabra en “echo chambers” interminables, muchos de aquellos en posiciones de poder, fama, o influencia han optado por una nueva moda: la de no tener postura. Lo que alguna vez fue considerado una señal de indecisión o cobardía, hoy se justifica bajo el manto de la "neutralidad" o la "objetividad". Sin embargo, esta postura evasiva no es más que una forma de proteger intereses y evitar perder privilegios.
Este fenómeno se observa con claridad en momentos de transformación social. Grandes figuras del entretenimiento, la política y los negocios ondean orgullosamente banderas en las redes sociales, declarándose defensores de la justicia, la igualdad o el patriotismo. Sin embargo, cuando las cámaras se apagan y las palabras pierden su sonido digital, ¿dónde están esas voces? La ambigüedad se transforma en su refugio, en la excusa perfecta para no tomar un riesgo, para evitar la confrontación, el rechazo, o peor aún, perder la comodidad de su estatus privilegiado.
Este acto de falta de convicción es peligroso no solo por lo que revela de aquellos que lo practican, sino por lo que hace a la discusión política. Cuando las personas que deberían liderar y actuar ante las injusticias deciden quedarse al margen, normalizan el silencio. Convierten la tibieza en virtud, como si negarse a tomar una posición fuera un acto de sabiduría en lugar de una muestra de indiferencia. ¿Cómo puede una sociedad avanzar si sus líderes se esconden detrás de una máscara de ambigüedad?
Es comprensible, en cierto modo, por qué estas figuras eligen la ambigüedad. Fama y poder vienen con un precio, y ese precio es a menudo la constante vigilancia de sus palabras y acciones. Cada declaración se convierte en un riesgo de perder seguidores, contratos, o alianzas políticas. Sin embargo, ¿no es precisamente este el momento en que más se necesita valentía? La historia nos ha mostrado que los verdaderos cambios no vienen de la comodidad, sino del conflicto y la lucha. Y es en estos momentos de lucha donde las posturas deben ser claras, donde las voces deben ser firmes.
La ambigüedad, al final, no es más que el disfraz de aquellos que temen perder lo que tienen. Pero, ¿qué valor tiene esa fama o ese poder si no se usa para el bien común? ¿De qué sirve ser una figura influyente si no está listo para usar esa influencia para mejorar el mundo?
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