Es irónico que un pueblo sea considerado incapaz de dirigir su propio destino, pero se asuma preparado para vivir eternamente bajo la tutela de otro. Este es el argumento fatulo que ha justificado la dependencia colonial de Puerto Rico durante más de un siglo. ¿Cómo es posible que se afirme que la isla no está lista para la independencia, pero al mismo tiempo se argumente que está perfectamente equipada para ser dependiente? Esta dualidad es la base de la retórica colonialista que ha mantenido a nuestra patria atrapada en un ciclo de explotación y sumisión. La idea de que Puerto Rico no puede valerse por sí mismo es, en el fondo, una herramienta para perpetuar el control, una narrativa diseñada para destruir nuestra confianza en nuestras propias capacidades y perpetuar la dependencia.
El derecho internacional es claro: los pueblos tienen el derecho inalienable a la autodeterminación. La Carta de las Naciones Unidas, junto con múltiples tratados y resoluciones, reconoce que toda nación tiene el derecho a decidir su propio futuro, libre de intervención externa. Puerto Rico, sin embargo, sigue siendo una excepción en el siglo XXI, un territorio cuyo destino sigue en manos de otro país. La independencia no es un capricho ni una aspiración irracional; es un derecho fundamental que nos ha sido negado bajo el pretexto de que no estamos listos. Pero, ¿quién tiene el derecho de decidir cuándo estamos listos? ¿Aquellos que se benefician de nuestra subordinación? Es una lógica siniestra, una que solo sirve para eternizar la colonización.
La inclinación natural del ser humano es hacia la libertad. Desde las revoluciones que marcaron el fin de los grandes imperios coloniales, hasta las recientes luchas por la democracia en todo el mundo, la historia está repleta de ejemplos de naciones que se rebelaron por mucho menos de lo que hemos sufrido los puertorriqueños. Consideremos, por ejemplo, la Masacre de Ponce, un suceso en el que 19 puertorriqueños desarmados fueron asesinados por la policía colonial bajo órdenes de los Estados Unidos en 1937. Para ponerlo en perspectiva, en la Masacre de Boston, el evento catalizador de la Revolución Americana, murieron cinco personas. En Puerto Rico, donde la sangre ha corrido más abundantemente por nuestras calles, la independencia sigue siendo un ideal que nos han enseñado a temer.
La dependencia es un yugo que sofoca la creatividad y el desarrollo de una nación, mientras que la independencia representa la libertad en su forma más pura, permitiéndonos decidir nuestro destino y construir un futuro basado en nuestras propias prioridades. El argumento de que no estamos listos para la independencia es una excusa que encubre el miedo al cambio, tanto de los poderes coloniales como de aquellos en la isla que se benefician del status quo. La dependencia nos ha traído pobreza, corrupción e incertidumbre, y es hora de cambiar esa narrativa.
Puerto Rico no necesita permiso para ser libre, ni debemos esperar un "momento adecuado" impuesto por quienes se benefician de nuestra subordinación. La independencia no es una recompensa, sino un derecho que debemos tomar, tal como lo han hecho otras naciones antes que nosotros. Si hemos sido considerados listos para la dependencia, entonces estamos más que preparados para la libertad.
Yorumlar