Rafael, con su pulso sereno y visión universal, pintó algo más que un mural en el Vaticano. "La Escuela de Atenas" no es solo un homenaje a la filosofía griega, es una declaración artística del espíritu renacentista: el resurgimiento de la razón, la búsqueda del conocimiento perdido en siglos de oscuridad. Cada figura en ese mural —Platón, Aristóteles, Euclides, Pitágoras— representa un pilar del pensamiento, como si cada uno sostuviera una parte del cielo, impidiendo que el olvido lo cubra de nuevo.
Pero el Renacimiento no fue solo redescubrimiento; fue creación. Rafael no solo imitó, sino que, al reinterpretar a los clásicos, se adelantó a su tiempo. Y en esa dualidad —la admiración por el pasado y la necesidad de trascenderlo— yace la esencia de todo renacimiento: rescatar lo esencial para iluminar lo nuevo.
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