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La Palma

Writer's picture: Leo EliseoLeo Eliseo

Se alzaba solitaria, una palma alta y orgullosa, testigo de décadas de viento y sal. Sus hojas se movían con el aire como banderas de una promesa rota. Los años pasaban y, a pesar de las tormentas, siempre quedaba de pie, enraizada en tierra que ya no era suya, aunque la memoria decía lo contrario. La Palma daba sombra, pero no frutos. Ofrecía refugio, pero solo para unos pocos. Mientras, sus raíces, una vez profundas, se enredaban en la contradicción de un suelo que ya no podía sostenerla.


El huracán llegó sin aviso. No fue el primero, pero fue el más feroz. Con cada ráfaga, la Palma se tambaleaba, resistía. Los vientos se llevaban techos, caminos, vidas, pero la Palma seguía de pie. La llamaban invencible, como si su persistencia fuera señal de esperanza. Pero aquellos que buscaban su sombra en la hora más oscura encontraron solo un vacío. Cuando el viento murió, el cielo despejó su rostro y las lágrimas comenzaron a caer, no de los cielos, sino del pueblo que miraba hacia arriba, buscando respuestas en la Palma.


Ahí estaba, intacta. Pero algo había cambiado. Los que vivían bajo su sombra se dieron cuenta de una verdad inevitable: la Palma no había protegido a nadie. Resistió porque no supo hacer otra cosa. No ofreció refugio, no tendió una mano. Solo se mantuvo en pie, porque así lo había hecho siempre. No había sido fortaleza, sino indiferencia.


El pueblo, antes fiel, comenzó a caminar hacia el horizonte, buscando otro árbol, otra tierra, donde la sombra no fuera símbolo de promesas vacías, sino de esperanza viva. La Palma, orgullosa y sola, quedó como un recuerdo de lo que pudo ser, pero nunca fue y nunca será.

 
 
 

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