El despertador sonó a las seis. Javier se levantó, movido por pura inercia. Las mismas paredes, los mismos pasillos, atravesados sin mirar. Café amargo, ropa predecible, y un cuerpo encajando en un día inalterable.
Camino a la estación, el paisaje cambiaba, pero siempre era el mismo. Las caras que cruzaban su camino, sombras. Ni el cielo ni los árboles existían ya para él, ocultos tras la cortina opaca de la repetición.
En el tren, rodeado de cuerpos cargando el peso de sus ciclos, algo se quebró. La sensación de encierro no era nueva, pero hoy dolía más. Miró por la ventana, las calles fugaces, y pensó: ¿Qué pasaría si un día no voy? La idea lo llenó de miedo, no de alivio. La rutina, asfixiante, era su única estructura.
Llegó a su parada, pero no se movió. El tren continuó, y Javier, quieto, sintió el vacío del abandono. Confrontar la libertad era enfrentarse a un yo olvidado, enterrado bajo años de costumbre.
Las puertas se abrieron en la siguiente estación. No se levantó. En el vagón vacío entendió: romper la rutina era aceptar que su estructura había sido siempre una jaula, y que él era tanto carcelero como prisionero.
Comments