El concepto de Asperger ha sido un hilo complejo en la historia de la psicología, oscilando entre el reconocimiento y la controversia. Lo que alguna vez fue una categoría diagnóstica propia, ha sido absorbida por una etiqueta más amplia: el "Trastorno del Espectro Autista" (TEA), eliminando la distinción de "síndrome de Asperger" en la quinta edición del DSM (2013). Sin embargo, esta decisión ha sido objeto de debate tanto dentro de la comunidad científica como en la sociedad en general. Para comprender este cambio, es necesario revisar la evolución del concepto de autismo, la figura de Hans Asperger, y el impacto de su eliminación como diagnóstico independiente.
Los Primeros Pasos del Autismo
El término "autismo" surgió a principios del siglo XX. Fue acuñado por Eugen Bleuler en 1911 para describir un síntoma en pacientes con esquizofrenia, caracterizado por una profunda desconexión del mundo exterior. Sin embargo, en 1943, Leo Kanner definió el autismo infantil como un trastorno del desarrollo separado de la esquizofrenia, con dificultades en la comunicación, comportamientos repetitivos y una intensa adherencia a la rutina.
Paralelamente, en 1944, el pediatra austriaco Hans Asperger describió un grupo de niños con características similares a las de Kanner pero con habilidades verbales avanzadas y un interés inusual por temas específicos. Este grupo de niños tenía dificultades en la interacción social y mostraba patrones de comportamiento rígidos, pero sin el retraso cognitivo asociado al autismo clásico. Su trabajo pasó desapercibido por décadas, en parte debido a su publicación en alemán en plena Segunda Guerra Mundial.
El Resurgimiento del Asperger
El trabajo de Asperger no se tradujo al inglés hasta la década de 1980, cuando la investigadora Lorna Wing introdujo el término "síndrome de Asperger" para describir un subtipo de autismo con habilidades cognitivas normales o altas, pero con dificultades en la comunicación social y comportamientos restringidos. Durante los años 90 y principios de los 2000, el diagnóstico ganó aceptación y fue incorporado en el DSM-IV (1994) como una categoría separada dentro de los trastornos del desarrollo.
La inclusión del síndrome de Asperger permitió a muchas personas obtener un diagnóstico más preciso y entender mejor sus experiencias. Para algunos, recibir este diagnóstico fue un alivio: una explicación a su singular forma de pensar y procesar el mundo. A su vez, la identidad "aspie" empezó a emerger en las comunidades neurodivergentes, reclamando la neurodiversidad como una variación natural de la cognición humana en lugar de un trastorno a corregir.
La Eliminación del Asperger: Controversia y Consecuencias
En 2013, la Asociación Americana de Psiquiatría eliminó el síndrome de Asperger del DSM-5, integrándolo dentro del espectro autista como "autismo de alto funcionamiento". Este cambio se basó en investigaciones que mostraban que no había diferencias biológicas o neurológicas claras entre el Asperger y el autismo de alto rendimiento. La decisión buscaba simplificar el diagnóstico y mejorar el acceso a servicios para todos los individuos en el espectro.
Sin embargo, esta fusión también tuvo consecuencias inesperadas. Muchas personas con diagnóstico de Asperger no se identificaban con la etiqueta de autismo, y sintieron que su identidad había sido borrada. Para otros, el término "autismo" aún conlleva estigmas y malentendidos, dificultando la autoaceptación y la comunicación con el entorno. Además, la distinción entre "alto" y "bajo" funcionamiento ha sido criticada por simplificar demasiado una condición altamente variable, ya que las dificultades de una persona no siempre son visibles externamente.
Más Allá de las Etiquetas
El debate sobre el Asperger es más que una cuestión de nomenclatura; refleja una discusión más amplia sobre cómo entendemos la mente humana. Las etiquetas diagnósticas pueden ser herramientas útiles para acceder a apoyo y recursos, pero también pueden ser limitantes cuando intentan categorizar la diversidad del pensamiento humano en compartimentos rígidos.
Hoy, muchas personas prefieren definirse como "neurodivergentes" en lugar de aceptar etiquetas impuestas por manuales psiquiátricos. El movimiento de la neurodiversidad ha cobrado fuerza, promoviendo la idea de que no todas las mentes deben funcionar de la misma manera. Este enfoque no niega las dificultades que pueden surgir con el autismo o el Asperger, sino que busca un cambio en la percepción social: en lugar de ver estos rasgos como discapacidades, propone reconocerlos como diferencias cognitivas que pueden aportar perspectivas únicas al mundo.
Reflexión Final
Hans Asperger, Leo Kanner y otros pioneros en el estudio del autismo intentaron describir lo que apenas comenzaban a comprender. Más de un siglo después, seguimos refinando nuestra comprensión del espectro autista y de la diversidad mental. Si bien el diagnóstico de Asperger ha desaparecido formalmente, su impacto en la historia del pensamiento neurodivergente sigue vivo.
Tal vez la lección más importante es que la identidad no se define solo por una etiqueta diagnóstica, sino por la manera en que cada persona se entiende a sí misma y su relación con el mundo. Más allá de términos y clasificaciones, el reto sigue siendo el mismo: construir un mundo más inclusivo, donde todas las formas de pensamiento sean valoradas y respetadas.
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