Dicen que toda victoria tiene un costo, pero nunca imaginé que el precio sería ella. Su nombre, un himno al triunfo, ahora resuena vacío en mi mente, como una burla de las batallas que peleé y perdí dentro de mí. Ella era un faro, una luz en la tormenta de mis inseguridades, y aun así me desvié. Confundí su brillo con algo que no podía sostener, algo que no merecía. Y cuando me alejé, no lo hice hacia la oscuridad, sino hacia un cruel reflejo: un nombre que no era el suyo pero podría haber sido, un nombre con las mismas sílabas pero sin su alma.Ahora, su nombre es una herida. No puedo pronunciarlo sin sentir el sabor a cenizas de lo que destruí. “Victoria”, esa palabra misma, me ridiculiza. Una victoria no ganada. Un nombre que alguna vez significó alegría ahora retumba como mi ironía más amarga. Algunos nombres son monumentos, eternos e inquebrantables. Otros son lápidas, marcando la muerte de algo que pudo haber sido. Y el suyo, el suyo es ambos.
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